09 | 12 | 2013
La escalada en el precio de los combustibles
Los combustibles acumulan, en promedio, un alza del 80% en los últimos 24 meses. Más de la mitad del precio final es carga impositiva. Si se busca una alineación con el precio internacional manteniendo la presión fiscal, ¿cuánto pueden trepar los valores?
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Si bien en un contexto inflacionario como el actual todos los precios aumentan, en diferente medida, algunos casos resultan más destacados o preocupantes por tratarse de bienes o servicios con elevada participación en la estructura de costos de las empresas o de alto peso en el presupuesto familiar. Tal es el caso de los combustibles, que han exhibido un ritmo acelerado de subas en los últimos tiempos.

Antes de repasar las subas acumuladas por los combustibles, resulta conveniente tener presente cómo se conforma el precio que los consumidores pagan en las estaciones de servicio. Así pues, el precio final se conforma por el precio de compra en refinería, tanto de nafta como de gasoil. A ese precio de base debe sumarse el componente impositivo que incluye: Impuesto a la Transferencia de Combustibles (62%), cuya recaudación financia planes de vivienda; Tasa Hídrica (585%) que va a un fondo para subsanar el problema de las inundaciones en el interior; Impuesto al Gasoil (22%) que de destina a cubrir la estructura de subsidios para camiones y colectivos; IVA (21%) e Ingresos Brutos (3,5% en la Provincia de Buenos Aires). Cabe aclarar que existen muy diversas estructuras de impuestos y subsidios en las diferentes provincias, lo que da lugar a una enorme disparidad de precios finales de venta a lo largo de todo el país. En este artículo se hará referencia sólo al caso bonaerense y, más particularmente, a la ciudad de Bahía Blanca. El último componente que hay que incorporar al precio puro es el margen de ganancia de las estaciones de servicio, que se ubica entre el 8% y el 9%.

Tomando datos de la última semana de noviembre en Bahía Blanca, se tiene que, en promedio, un litro de nafta súper cuesta $9,18. De ese total $5,36, es decir, un 58% corresponde a carga impositiva, mientras que los $3,83 restantes representan precio puro, costo y margen de ganancia minorista. En el caso del gasoil, la presión impositiva es mayor aún: de los $8,64 que cuesta un litro en promedio en las estaciones de servicio bahiense, $5,43, el equivalente a un 63%, corresponde a gravámenes y sólo $3,21 a precio neto. Muy diferente es el esquema impositivo que pesa sobre el GNC, que paga sólo un 3,75% de ITC, factor que llevó a un fuerte crecimiento en su demanda en el último tiempo, en claro detrimento de los combustibles líquidos.

Considerando como período de referencia a los últimos cinco años y tomando los índices de inflación general, alimentos y combustibles, se advierte que, durante la primera fase, las tres tendencias se superponían. Sin embargo, a partir de mediados de 2011, la trayectoria correspondiente a combustibles comenzó a despegarse del resto, en virtud de incrementos más frecuentes y de mayor magnitud. Pese a tratarse de precios regulados, los acuerdos para actualizar valores se tornaron más recurrentes, más allá de que en su momento, esquemas de precios máximos o congelados fueron incumplidos por las empresas.

En los últimos doces meses, los combustibles acumularon en Bahía Blanca un alza del orden del 36,4%, en tanto que la inflación minorista, los alimentos y el dólar oficial acusaron aumentos de entre el 25% y el 26,5%. Si se toman los dos últimos años, se observa que los combustibles tuvieron un ajuste total superior al 80%, mientras que los alimentos se elevaron un 62%, la inflación fue del 56,3% y el tipo de cambio se incrementó poco más de un 38%.

El sector de combustibles, particularmente en el segmento de las estaciones de servicio ha enfrentado serios problemas de rentabilidad en los últimos años. Esto se explica por la regulación de precios finales dispuesta por el gobierno, frente a costos que se elevaban al ritmo de la inflación, las recomposiciones salariales y la devaluación. La necesidad de cubrir la brecha entre oferta y demanda con parte del combustible importado, hacía que debiera comprarse a precio dólar y venderse al consumidor final a en pesos y a precio congelado. En virtud de este panorama, una porción significativa de estaciones de servicio debieron dejar de operar en todo el país.

En el último tiempo y con el objetivo de recomponer la rentabilidad sectorial, el gobierno aceptó una gradual liberación del mercado. Concretamente, autorizó la implementación de un esquema de subas escalonadas a cambio de un compromiso de inversión por parte de las petroleras para mejorar las condiciones de oferta. Esto explica las fuertes alzas recientes en los precios en los surtidores. A pesar de estas subas, el combustible argentino no se ha alineado aún en materia de precios con la media internacional. Si bien la Argentina dejó de ser la más barata del mundo, la convergencia aún no se ha logrado, especialmente si se toma como referencia principal a los países de la región.

Si el objetivo final del gobierno es la convergencia internacional, se plantea un interrogante inmediato: ¿qué valor podrían alcanzar la nafta y el gasoil si se mantiene la actual presión impositiva? Es claro que resulta indispensable una recomposición de rentabilidad sectorial pero, a la vez, es más certero aún que el gobierno no estaría dispuesto a resignar recursos tributarios, especialmente en el actual contexto de necesidad fiscal. Si entonces se liberan precios y se mantiene el esquema de impuestos, un litro de nafta premium, podría alcanzar con facilidad los $20. Esto no sólo preocupa desde el punto de vista del impacto directo en el bolsillo del consumidor. Más que nada alarma por el efecto indirecto, difícil de conmensurar. Dado el rol fundamental de los combustibles en las estructuras de costos productivos y en los fletes, sus aumentos provocarían un efecto derrame sobre los precios todos los bienes y servicios, generando una retroalimentación inflacionaria que resultaría muy complejo contrarrestar.


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